¿Qué está pasando (y qué no) en el Teatro de la Zarzuela?

En el Consejo de Ministros de hace 2 semanas, se aprobó por decreto ley la integración del Teatro de la Zarzuela en la Fundación del Teatro Real, que pasa a llamarse Fundación Nacional del Teatro Real y del Teatro de la Zarzuela. Mucho se ha dicho y escrito sobre esta situación, aquí ,aquí ,aquí ,aquí o aquí pero es la opinión de este humilde observador que no se ha entrado en la cuestión de fondo. Hay aspectos del funcionamiento del teatro de la Zarzuela que son comunes a otros centros de producción nacional y que hacen pensar que una modificación podría ser positiva. Señalo 3

La necesidad de modificar algunos convenios para facilitar las giras de modo que aquello que pagamos todos pueda ser disfrutado por todos y no sea disfrutado solo por el público de Madrid.

La entrada de capital privado en el sector de las Artes Escénicas, que necesita urgentemente una alternativa o un complemento a su excesiva dependencia de la financiación pública

La adecuación de los tiempos de las artes a un modelo menos burocrático que el que ofrecen los controles necesarios en la gestión de lo público.

¿Es este decreto la mejor manera de afrontar estos desafíos del sector?

Creo que no. La absorción, que no fusión, del Teatro de la Zarzuela por la Fundación que gestiona el Teatro Real tiene más defectos de los que soluciona. Y la manera de solucionarlos implica una falta de visión estratégica en la gestión de la cultura que debería hacernos reflexionar.Salvemos-La-Zarzuela-131153634387430

El caso además pone de manifiesto un efecto perverso que el mundo cultural arrastra desde hace tiempo y que es urgente que nos haga recapacitar.

Empecemos por el principio: la herramienta del decreto ley elimina la posibilidad del debate y de plantear alternativas, y además elude la presentación de un contrato programa, un compromiso con la sociedad que se ha requerido en otros centros nacionales de producción en los que la elección ha sido más transparente. Cuando, según reza el decreto se autoriza el uso, a título gratuito de los bienes inmuebles, los bienes muebles y el equipo del Teatro de la Zarzuela, hay que exigir más transparencia y establecer mecanismos de control.

En cuanto a los trabajadores, el tema es más complicado porque implica pérdida de derechos en cualquier caso, pero creo que, a pesar de no ser cómodo, iniciar una negociación es más fácil que disponer de sus puestos bajo el paraguas de la introducción de parámetros de productividad. Los trabajadores, en el mejor de los casos, mantendrán sus condiciones hasta que se renegocie el convenio en 2020, con lo que los políticos pueden decir que no perderán derechos sabiendo que a medio plazo es inevitable, y dadas las condiciones del decreto ley, que establece que la fusión ”no podrá suponer incremento neto de estructura o de personal” obligatorio. ¿Que ha habido excesos? Seguro. ¿Que esta es la mejor solución? Lo dudo.

No voy a entrar a valorar la figura de Gregorio Marañón porque no le conozco y me considero incapaz, a día de hoy, de valorar su gestión, sobre todo con los datos disponibles, que tienen ya 2 años de antigüedad. Sí diré que me parece extraño que en los patronatos de el Real, la Zarzuela, y la Abadía figure su nombre. Una situación así en el sector privado despertaría (y despierta) muchas suspicacias.

La solución de fondo en mi opinión, pasa por políticas culturales de calado, y no por parches: por cumplir la promesa electoral de una Ley de Mecenazgo que atraiga capital privado a todo el sector mediante las desgravaciones fiscales oportunas. Si el INAEM quiere convertirse en una agencia, proyecto que se valoró en su idea y se abandonó por razones que no me constan, que lo haga. Pero para todo el sector. Las fundaciones, que se están poniendo de moda, no deberían ser a solución para la gestión del Patrimonio.     Y si hay que renegociar algunos convenios por el bien de la sociedad, que se haga, pero también para todos, y con una negociación colectiva, no por decreto.

Por último, me fascina que en la rueda de prensa del consejo de ministros en el que donde se aprobó el decreto ningún periodista hiciese una sola pregunta relacionada con él, y la poca repercusión que ha tenido en general. Me parece que indica un desapego entre la sociedad y la cultura que, como dice Pilar G. Almansa, apunta hacia el gran problema.

 

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