Participación ciudadana: sí, pero…

Creo que la incorporación de la sociedad a las Artes es una de las necesidades más acuciantes de nuestro sistema cultural. Necesitamos que nuestro entorno sienta la cultura como algo propio e imprescindible en su vida. La sociedad tiene una idea muy equivocada de la actividad artística en general y de las Artes Escénicas en particular, como atestiguan los comentarios sobre nuestro oficio que se pueden leer en la prensa después de cada noticia relacionada con los actores/actrices o las referencias a lo escénico que se han utilizado para denigrar  el proceso de investidura (teatro, espectáculo, cuento, circo, zarzuela, opereta… hasta el desconocido rigodón ). La cultura debe incorporarse a la sociedad y viceversa. Ideas no faltan.

En primer lugar, creo que los creadores deberían reflexionar para poner al público en el centro de su actividad desde el momento de la concepción del espectáculo. El creador puede seguir haciendo lo que elija, pero debe conocer a quién se dirige y cuál es su intención para afinar el tino cuando deba comunicar su obra en un mercado del arte cada vez más competitivo.

Paradójicamente, ha sido el Marketing de las Artes quien mejor ha sabido convencer a las organizaciones culturales de la necesidad de  convertir al cliente en socio y de la importancia de saber quién es el público, qué le interesa (y que no) y cómo comunicarnos con él de una manera personalizada y eficaz. Ejemplos hay cientos, y quien quiera hacer acopio de ellos puede dirigirse a la pestaña de recursos de asimétrica e inspirarse en las experiencias y herramientas de algunos de los mejores.

En cuanto a la participación ciudadana, yo mismo he hecho algunas sugerencias en otro post, y Robert Muro propuso no hace mucho en su blog la creación de un Consejo Municipal de Cultura, una idea que merece ser considerada.

provsamateur (2)Como digo, hay muchas maneras. Pero también hay algunos peligros que evitar. Los acontecimientos políticos de los últimos meses hacen pensar en una nueva interlocución con las administraciones municipales. La convocatoria de Madrid Activa  y algunas declaraciones oídas en la Trobada per a una cultura com a bé comú “Cultura Viva” en Barcelona, me dan a entender que es parte de su ideario acabar con la división entre lo profesional y lo amateur. Me parece un error. Y por dos razones: es cierto, y es una buena noticia, que cualquier persona puede practicar casi cualquier forma artística.El teatro amateur no sólo es maravilloso: es imprescindible, y debe tener su espacio. Pero el teatro profesional también debe tener lugares de acceso exclusivo y acotado donde desarrollarse como profesión, en condiciones dignas reservadas hoy para unos pocos. No confiar en los profesionales lleva a cometer errores como los que ya han costado dos dimisiones en el Ayuntamiento de Madrid (por no abundar en la injusticia cometida contra los titiriteros).

La sociedad muchas veces considera la cultura como un hobby, y a quienes se dedican a ella como unos afortunados que se dedican a lo que quieren y son mantenidos por las subvenciones. Nada más lejos de la realidad. El del artista es un trabajo ingrato y duro, lleno de sinsabores y de trampas que demasiadas veces acaban en que personas de gran talento abandonan en favor de una vida menos inestable. Y no vale cualquiera: hace falta talento, determinación, capacidad de sacrificio, una vocación inquebrantable y una capacidad extraordinaria para sobreponerse a las injusticias de este oficio, en el que muchas veces la suerte juega un papel más importante que el mérito. Espero de las Administraciones que colaboren en la dignificación de nuestro trabajo, y que sea tratado al menos con la misma consideración que otros oficios. No conozco abogados, médicos o pilotos amateurs que compartan espacio con los profesionales, y a muchos de ellos se les exige, además de la formación, la colegiación y acreditar unas prácticas antes de acceder al ejercicio profesional.

La segunda razón tiene que ver con que la crisis económica y la ceguera de la clase política han desmantelado el mercado profesional sin construir ninguna alternativa, por lo que cada vez son menos los creadores que pueden vivir de su trabajo. La línea entre lo amateur y lo profesional ya es suficientemente difusa en el teatro off, y muchos ayuntamientos han sorteado la falta de presupuesto programando teatro amateur, más barato, sin considerar que reduce las posibilidades de gira de quienes aspiran a vivir de su oficio. Los profesionales han luchado ya con el IVA, la multiprogramación, la pérdida de derechos laborales, la ausencia de circuitos y la falta de consideración social, con la clase política a la cabeza. No es tiempo de añadir un nuevo frente de desprofesionalización, sino de apoyar los  oficios de la cultura para que alcancen su mejor expresión y puedan enamorar, por lo menos, al público que hemos perdido estos años. Y si se puede, a más.

Toca invertir en excelencia. La ciudadanía lo agradecerá.

 

  1. Cuentan en las primeras lecciones de filosofía que hay que definir los términos antes de entrar a discutir sobro cualquier tema. Por ello convendría saber que se entiende por “profesional” y por “amateur”.

    En un oficio (digo oficio) como es este de la representación, tan precario y tan movido por la vocación (de ahí surge mucha de la precariedad), el área profesional y el área amateur están separadas por propia definición. No es igual dedicar la jornada laboral al montaje de una obra, que hacer ese montaje en los ratos que las obligaciones diarias te dejan libre. No es igual poder realizar una representación de martes a jueves y dos de viernes a domingo, que tener que limitarte a una, como mucho, al mes. No es igual ejercer tu oficio en una empresa con sus diferentes departamentos que se encargan de las diferentes burocracias, que tener que gestionar una asociación sin ánimo de lucro. no es igual exigir unos resultados por los que se paga (o se cobra) que tener que amoldar la obra y el personaje al compañero con muchas ganas y ningún talento. No es igual poder optar a una serie de subvenciones y ayudas, que tener que ingeniártelas para sacar algo de dinero para pagar al escenografía, cartelería o dirección… no es igual que te cierren espacios por ser “amateur” a que tengas la opción de acudir a ferias y certámenes para vender tu producto a los programadores… La propia dinámica del trabajo diferencia a un mundo del otro.

    La cultura la hace el pueblo y el teatro, como parte de esa cultura, es del pueblo y todos deben tener la posibilidad de implicarse en la creación del mismo. Se habla en el artículo de “espacios reservados a unos pocos”… y yo imagino que estarán reservados a los “profesionales”. Seguro que no a los amateurs. Ningún actor ni ninguna actriz amateur puede hacer una residencia en ningún sitio, no puede porque no tiene tiempo, porque sus obligaciones profesionales (entendiendo como profesionales esas que te permiten vivir) se lo impiden o se lo ponen casi imposible, lo mismo para realizar un plan de formación serio… Ahí está la limitación del mundo amateur.

    Un problema que surge es que el producto de muchos amateur mantiene una dignidad y una calidad suficientes, y encima es barato (no busca el lucro). Entonces se convierte en una opción muy tentadora… y entonces es cuando algunos “profesionales” recelan. También, hay que recordar, que algunos mezclan, intentando ganar de ambos lados (intentando tener el duro y las cinco pesetas) ambos mundos. Se dicen que son profesionales, pero tienen una figura de asociación (algunos ni la tienen), se dicen que son profesionales pero los ingreso principales para su vida vienen de otros oficios. Esas mezclas no son buenas para nadie, ni siquiera para ellos.

    Hay dos mundos diferentes, con estadios diferentes, con tiempos diferentes, pero que se complementan, esos dos mundos deben de reconocerse, respetarse y potenciarse. El teatro amateur crea cultura de la parte más cercana a la gente, son acciones de base, que necesitan de los profesionales para su desarrollo, y los profesionales necesitan del desarrollo social que crean los amateurs…

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